lunes, 11 de octubre de 2010

El agua de la ducha golpea incesantemente sobre mi cara, consigue eliminar rápidamente el ensimismamiento provocado por la soledad del piso, Wim Mertens suena a pocos metros del cuarto de baño, pero ella recogió su ropa y dejando "destapado el tubo de pasta de dientes" bajó las escaleras una tras otra hasta llegar a su coche, se sentó frente al volante, hizo un par de llamadas pertinentes, activó a los Rolling y todo el vecindario apreció el mal estado de su tubo de escape. En realidad, únicamente la vi recogiendo la ropa, lo demás es pura invención, puede ser que saltase por la terraza, aunque el portazo que propinó desmiente esa teoría, y que en vez de coger el coche, se marchase en la linea 7. El caso es que virtualmente Wim y yo nos encotramos sólos, yo presto atención a sus acordes y el interactúa conmigo en mis pensamientos disonantes. De vez en cuando, abro los ojos para saberme despierto, el agua sigue corriendo por el pelo y la espalda y entre las heridas de los hombros, juguetea con ese zig-zag, bordeando los cortes como si de un subrayador se tratara, son rasguños de guerra, nada importante en el plano físico, si nos transpoartáramos al reino de las sábanas y los colchones entonces adquirirían un matiz diferente, pero prefiero hablar de trincheras hacia fuera, en este momento, es más sencillo, menos difuso.
Salgo de la ducha y las agujas del reloj me señalan las 16: 05, buena hora para encender el móvil y el router, bajo el volumen al señor Mertens, un par de actualizaciones al blog y un yogur y aún me sobran 10 minutos antes de saltar de tejado en tejado, para averiguar qué coño no le gustó para coger su ropa e irse sin dejar un "Buenos días" escrito en un pos-it, sobre la nevera o unos cuantos besos en el tapper para así tener algún sustento durante el largo día que me espera.

1 comentario:

calma dijo...

No lo entiendo, yo te lo hubiera escrito en la espalda.