miércoles, 24 de junio de 2009

Cerrado por derribo

"Este ádios no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
esta ceniza no juega con fuego, este ciego no mira para atrás;
este notario firma lo que escribo, esta letra no la protestaré;
ahorrate el 'acuse' del recibo, estas vísperas son las de después.

A este ruido tan huérfano de padre
no le voy a permitirle que taladre
a un corazón podrido de latir,
este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por tí."

Esta sala de espera sin esperanza,
Estas pilas de un timbre que se secó,
Este helado de fresa de la venganza,
Esta empresa de mudanza,
Con los muebles del amor.

Esta campana muda en el campanario,
Esta mitad partida por la mitad,
Estos besos de Judas, este calvario,
Este look de presidiario,
Esta cura de humildad.

Este cambio de acera de tus caderas,
Estas ganas de nada menos de ti
Este arrabal sin grillos en primavera,
Ni espaldas con cremalleras,
Ni anillos de presumir.

Esta casita de muñecas de alterne,
Este racimo de pétalos de sal,
Este huracán sin ojos que lo gobierne,
Este jueves, este viernes,
Y el miércoles que vendrá.

No abuses de mi inspiración,
No acuses a mi corazón
Tan maltrecho y ajado
Que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
Se filtra la desolación
De saber que estos son
Los últimos versos que te escribo,
Para decir “condios” a los dos
Nos sobran los motivos.

Este museo de arcángeles disecados
Este perro andaluz sin domesticar
Este trono de príncipe destronado
Esta espina de pescado
Esta ruina de Don Juan.

Esta lágrima de hombre de las cavernas,
Esta horma del zapato de Barba Azúl,
Qué poco rato dura la vida eterna
Por el túnel de tus piernas,
Entre Córdoba y Maipú.

Esta guitarra cínica y dolorida
Con su terco knock knocking´on heaven´s door,
Estos labios que saben a despedida
A vinagre en las heridas
A pañuelo de estación

Este ladrón aparcado en tu toga
La rueca de Penélope en Luna Park
Estos celos que sueñan que te desnudan
Esta caracola viuda
Sin la pianola del mar

No abuses de mi inspiración,
No acuses a mi corazón
Tan maltrecho y ajado
Que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
Se filtra la desolación
De saber que estos son
Los últimos versos que te escribo,
Para decir “condios” a los dos
Nos sobran los motivos.
Joaquín Sabina - "Nos sobran los motivos".
TE QUIERO

lunes, 22 de junio de 2009


Las normas del club de la lucha:

1 - No hablar del club de la lucha.
2 - No hablar del club de la lucha.
3 - Si alguien dice basta, flaquea o desfallece, el combate se acaba.
4 - Sólo luchan dos hombres.
5 - Sólo habrá una pelea cada vez.
6 - Ni camisas, ni zapatos.
7 - Las peleas durarán el tiempo que sea necesario.
8 - Si ésta es vuestra primera noche en el club de la lucha, tenéis que pelear.


C. Palahniuk, El club de la lucha

miércoles, 17 de junio de 2009


En un ir y venir de lágrimas nuestra vida se esfuma como Tim Robbins en Cadena Perpétua, no sabemos que hay detrás de ese retrato de Rita Hayworth clavado con chinchetas en la pared, nosotros lo miramos una y otra vez, quedamos embelesados con su melena, con su mirada penetrante, con esa suavidad que desprende, con la intención de seducirla, de agarrarla por esa cintura perfecta, de llevarla lejos del casino y que en una habitación completamente vacía se quite lentamente el guante, poco a poco, delicadamente, sensualmente, ella sólo debe ocuparse del guante, que yo, conocedor de su falta de pericia con las cremalleras, llevo largos meses practicando con las faldas de los escaparates, con las faldas de los trenes, con las faldas de mis amantes.

Repentínamente me despierto y veo que el retrato sigue en su sitio, con la misma pose, con la misma mirada, con la misma melena, con los guantes... obviamente no hay habitaciones vacías ni cremalleras que romper con los dientes, todo era producto de ese erotismo que conllevan los sueños, y la decepción es terrible, trágica, y entonces tengo unas ganas terribles de romper a llorar y lo hago sin ningún tipo de pudor, con total libertad, nadie nos pone trabas a la hora de llorar, a veces no es el momento ni el lugar oportuno, pero el lecho siempre es el sitio perfecto para desgastar los sueños irrealizados, las ilusiones rotas, y todos los restos van a parar al colchón y se van litificando lentamente, se cumple el proceso de las rocas erosión, transporte etc

Despues de este duelo de floretes desgastados la realidad siempre vueleve a la cama con una vizcaina clavada entre dos costillas, y se acuesta sobre rocas somnolientas sin pensar que hay detrás del retrato de Rita, sin saber que la vida picará un trozo de tabique esta noche, como de costumbre, hasta que finalmente consiga escapar-

viernes, 12 de junio de 2009

El médico vestido, el poeta desnudo.

El médico vestido se levanta todas las mañanas y antes de prepararse el desayuno coge su bata blanca, la que le acompaña desde hace algún tiempo, la que le acompañará toda la vida.
El poeta desnudo no se viste, porque los escritores no necesitan ocultar nada, muestra a todos sus sentimientos con la cabeza hacia abajo para no llamar demasiado la atención.
El médico vestido se peina , aunque ahora lleve rastas, con unas gotas de arrogancia y vanidad que por mucho que se resequen no desaparecerán hasta la noche.
El poeta desnudo no necesita ningún tipo de cosmética, él se peina con una raya ladeada a la izquierda de su cabeza, es una linea divisoria pero en ningún momento impenetrable, a un lado quedan sus ganas de cambiar este puto mundo y al otro todo su melancoholismo, simepre perfumado el uno y el otro, pues la elegancia le caracteriza.
El médico vestido se enfurece porque su nombre aparezca relacionado con temas abominables para él.
El poeta desnudo escribe y escribe y vueleve a escribir porque como bien dice su amado Umbral siempre se está escribiendo el mismo libro, y le es indiferente quien lo lea, ama escribir, y lo hace con toda la dedicación posible.
El médico vestido escribe recetas porque no sabemos leer, sino no se tomaría esa molestia, bastante abultada es su agenda.
El poeta desnudo se refugia en la poesía porque es un cobarde.
El médico vestido sale a recibirnos por las calles de Tribunal y hace gala de su portentosa labia y nos regala agradecimientos.
El poeta desnudo se sube a la tarima a recitar y de repente cae en la cuenta de que es imposible
acuchillar con bolígrafos y empieza a temblarle la voz, y echa en falta esa pizca de vanidad que tiene el médico vestido.
Y aunque parecen totalmente polos opuestos, ambos son necesarios para conseguir un auténtico Dr Wiler.

martes, 2 de junio de 2009



(...)


Llegamos al aeropuerto internacional de Los Ángeles. Ann, te quiero. Ojalá arranque el coche. Ojalá el fregadero no esté atascado. Me alegro de no haberme tirado a una groupie. Me alegro de que no se me dé bien irme a la cama con desconocidas. Me alegro de ser un imbécil. Me alegro de no saber nada. Me alegro de no haber sido asesinado. Cuando me miro las manos y veo que están en su sitio, pienso para mí: vaya suerte que tengo.


Salí del avión arrastrando el abrigo de mi padre y mi cartapacio de poemas. Ann salió a mi encuentro. Vi su cara y pensé, mierda, la quiero. ¿Qué haré? Lo mejor que podía hacer era actuar con indiferencia; luego, me encaminé con ella al aparcamiento. No hay que dejar que se den cuenta de que te interesan, porque si no, te liquidan. Me incliné, la besé en la mejilla.


- Qué amable has sido viniendo a esperarme.


- Cómo no iba a venir - dijo ella.


Salimos del aeropuerto. Había terminado mi sucia tarea. El puteo lírico. Yo nunca me insinuaba. Eran ellos quien llamaban a su puta. Y yo acudía a su llamada.


- Chavala - le dije - cómo te he echado de menos.


- Tengo hambre - dijo ella.


Fuimos al restaurante chicano de Alvarado y Sunset. Tomammos burritos de chile verde. El puteo ya se había acabado. Y yo aún tenía a una mujer, una mujer que me interesaba. Un milagro así no era para tomarse a broma. Contemplé su cabello y su rostro, mientras regresábamos a casa. La miraba a hurtadillas cuando me parecía que ella no miraba.


- ¿Cómo fue la lectura? - ella me preguntó.


- Una gloria - dije.


Subimos por Alvarado. Luego entramos por el boulevard Glendale. Todo estaba en orden. Lo que me fastidiaba era que algún día, todo se reduciría a polvo, los amores, los poemas, los gladiolos. Al final, todos acabaríamos rellenos de basura, como una empanada barata. (...)




Charles Bukowski


Puteo lírico, Música de cañerías